Mirando el fin del mundo

Parque del Retiro, Palacio de Cristal. ¿Sabes la cueva que hay con vistas al estanque, esa desde la que se ven los dos cisnes? Aquí estoy, con mi espalda apoyada en su pecho, mientras él se apoya en la roca. Me abraza y su pelo roza mi mejilla. Sé que no quiero que se acabe, pero estoy tranquila, serena, y no quiero despedirme. Hace frío, un golpe de viento nos trae las últimas hojas amarillas de los árboles, las deja a nuestros pies, como un legado del otoño. Los cisnes se han escondido. Siento su beso en mi cuello, un beso que podría no ser o ser de otro, pero que es de él. Y si cada noche con él es como si fuera la última, esta sí es la última. ¿Nunca te has preguntado qué hago aquí? La misma pregunta una y otra vez, ¿qué hago aquí?, pero, sobre todo, qué hago aquí con él, cuando podría estar con otro, o podría estar sola, o podría incluso no estar, y, una vez más, tengo ganas de irme, pero ¿adónde? De repente, no me importa que no sea el mejor, es el que está y solo importa eso, que está aquí. Solo eso. Y sé que no va a dar ni a pedir explicaciones, que no va a lamentarse. ¿Qué que hago aquí? Ahora lo sé, estoy con él, mirando el fin del mundo. Y si esta es la última noche del mundo voy a besarle hasta que se acabe.

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