Hasta el siguiente verano


20130303_130808Fuera nos esperaban los últimos días del verano, esos que se alargan, se escabullen, se esconden y consiguen quedarse hasta el siguiente verano; esos días, como cada año, no quieren irse, y se aferran a los trenes, a las sillas de esa terraza del paseo marítimo, a la planta cuarenta y dos de la torre Espacio, a la barandilla de la piscina, al lago del Palacio de Cristal. Ayer, cuando empezó a llover, encontré a uno agarrado a uno de mis rizos, mientras otro se escurría dentro de una de mis botas, le noté acurrucarse en el calcetín, junto al dedo meñique del pie derecho, a esperar a que llegue de nuevo el verano.

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Mirando el fin del mundo


Parque del Retiro, Palacio de Cristal. ¿Sabes la cueva que hay con vistas al estanque, esa desde la que se ven los dos cisnes? Aquí estoy, con mi espalda apoyada en su pecho, mientras él se apoya en la roca. Me abraza y su pelo roza mi mejilla. Sé que no quiero que se acabe, pero estoy tranquila, serena, y no quiero despedirme. Hace frío, un golpe de viento nos trae las últimas hojas amarillas de los árboles, las deja a nuestros pies, como un legado del otoño. Los cisnes se han escondido. Siento su beso en mi cuello, un beso que podría no ser o ser de otro, pero que es de él. Y si cada noche con él es como si fuera la última, esta sí es la última. ¿Nunca te has preguntado qué hago aquí? La misma pregunta una y otra vez, ¿qué hago aquí?, pero, sobre todo, qué hago aquí con él, cuando podría estar con otro, o podría estar sola, o podría incluso no estar, y, una vez más, tengo ganas de irme, pero ¿adónde? De repente, no me importa que no sea el mejor, es el que está y solo importa eso, que está aquí. Solo eso. Y sé que no va a dar ni a pedir explicaciones, que no va a lamentarse. ¿Qué que hago aquí? Ahora lo sé, estoy con él, mirando el fin del mundo. Y si esta es la última noche del mundo voy a besarle hasta que se acabe.

Supercoco


… La morena difuminada se olvida de hacer una llamada mientras una estrella de cinco puntas brilla sobre Amsterdam, en la realidad de la lluvia, y un gitano vestido de supercoco no consigue llegar a la final en un festival de música. «Feliz no cumpleaños», susurra la buena chica, en un vagón de metro, al chico moreno que dibuja en un cuaderno de bocetos y que llega tarde…

Instrucciones (III)


Un rayo de luna, para las noches tristes, y una hebra de azafrán para que las dé color. Una estrella de mar y tu canción, con cardamomo y vainilla, para cuando no estás. Un atardecer en el parque, junto al estanque, para cuando te sientes solo.

Instrucciones (II)


Cinco gotas de baba de sapo y el ala de un murciélago; un toque mágico. Dos puñados de arena de playa, y tres cucharadas de curry rojo, para que cada día sea impar.

Instrucciones (I)


Una luciérnaga, dos cucharadas de azúcar y tu último sueño, para alejar la oscuridad. Siete mariquitas para la buena suerte. Una cáscara de limón, la cresta de una ola y chocolate, para no echarte de menos.

Lobos


Puedo ser el chico de cara de lobo y tatuajes y piercing que me mira desde lejos sonriendo, mientras aparca su moto y saca a pasear a Luca, al mismo tiempo que soy la chica que canta en el escenario de un bar y choca conmigo cuando sale del baño. Se disculpa y sonríe, con restos de polvo blanco bajo la nariz. Y también soy el camarero que espera mientras pone copas, me pone una y pregunta por la niña que está sentada junto a una muñeca gigante y mira la televisión apagada. La niña está aquí, pero no quiere salir porque no fue a ver a su abuela al hospital y piensa que nadie irá a verla a ella cuando sea vieja como la abuela. Está jugando con la niña gorda que ensaya, en el pasillo de su casa, el papel de una obra de teatro que no va a representar, porque está gorda; y con el niño que soñó que su padre se moría y se debió morir, porque la madre lleva el traje negro y el niño pisa un saltamontes que mueve una de las patas, aunque ya está muerto y continúa soltando barcos de papel en el riachuelo, en los días de lluvia como hoy. Pero no, hoy no llueve aunque para la mujer del vestido color primavera, que está en el cementerio, no ha dejado de llover desde hace mucho, mucho tiempo. Y a veces soy la chica que arrastra una maleta y vuelve de Nueva York y saluda al camarero que sigue poniendo copas y esperando, mientras se pregunta qué color es el gris R19. O la chica que espera encontrarse con alguien, pero sabe que no será hoy, que tendrá que esperar un año para salir y buscarle, aunque piense que solo sale a buscar historias, es la cazadora de historias que siempre está sola aunque esté con alguien, y querría a vender su alma de nuevo, su alma a cambio de tener veintiuno otra vez. Y a veces soy el lobo amigo de los cerdos, enamorado del guardabosques, y otras me hago un test de embarazo en el baño del Corte Inglés, en las rebajas de Navidad, aunque sé que no estoy embarazada y echo de menos que no se acabara el mundo cuando encontré a alguien con quien mirar como se acababa y salgo de copas con la chica a la que le pusieron los pechos que le quitaron a mi amigo, poco después de vomitar sobre una camiseta de Bono y continúo esperando que el teléfono suene, pero no lo hace, y sé que es el chico de los tatuajes, el que tiene cara de lobo, que ahora pasea a otro perro y ya no tiene moto, y tengo un sueño y veo a mi padre muerto rodeado de víboras, mientras mamá grita, pero él ya no la oye. Si me hablan las fotos de un bar pido otro dry martini, me toco el pendiente de paisaje imposible y añoro al que me los regaló y al que me escribió una canción y lo que nunca será y lo que fue, como la pelirroja que me mira desde el otro lado de la ventana y a la que confundo conmigo, aunque no tenga ni mis ojos, ni mis pecas, ni mi sonrisa. Y cuando EE.UU. bombardea Iraq, y solo puedo pensar en rojo y negro, puedo ser Caperucita y salir a buscar a mi lobo en Carnaval, vestida con una capa roja y con una pitón albina rodeándome el cuello; pero la niña que mira la televisión apagada junto a la muñeca gigante, me tira de la falda llamándome mamá y me devuelve de golpe a otra realidad, “yo no soy tu mamá, bonita”, quiero decirle, pero no lo hago porque veo sus lágrimas y la tomo en brazos y le cuento un cuento de submundos y mutantes y de otra niña, que ya no es tan niña, y mira las nubes y ve hombres sin cabeza y ornitorrincos porque ya no hay nadie que duerma a su lado, mientras el chico de ojos violeta que nunca podrá olvidarme, se acerca a la barra a pedir un whisky con Red Bull y me hace un guiño cómplice, porque sabe que el aguafuerte del árbol de ramas deshojadas está en mi maleta y decido ponerle, un año más, en la lista de las cosas que quiero conservar.