Reinicio


El año en que me arranqué el corazón fue también el año en que me corté el pelo… (leer más)

Mi colaboración en  Monstruitos de papel, un blog de contadores de historias.

Lo que sea


blogVendería su alma por volver a tener veintiuno otra vez. Pero recuerda que ya debió venderla antes, en otra ocasión, por eso ahora, aunque la vendería, no puede. Y revisa armarios y cajones por si encuentra algo que pueda vender. Lo que sea por volver a tener veintiuno. Piensa que ya no tiene nada que ofrecer y se pregunta qué puede querer el que ya debió comprar su alma en otra ocasión. Por eso repite lo que sea lo que sea lo que sea, mientras revisa armarios y cajones, pero sigue sin encontrar algo que pueda vender. Lo que sea lo que sea lo que sea, por volver a tener veintiuno. Y se encuentra con la canción que le escribió su primer novio, el anillo de su madre, una canica llena de lo que parece un universo azul…, y todo lo coloca en el montón de las cosas que podría vender a cambio de volver a tener veintiuno. Y lo coloca todo sobre ese montón porque aunque hubo un tiempo en que le importaban, ahora ya no le importan tanto. Solo le importa volver a tener veintiuno. Lo que sea lo que sea lo que sea. Y se pregunta a quién le pueden interesar esas cosas que ni a ella misma le interesan ya, por eso revisa armarios y cajones y lo acumula todo en el montón de las cosas que podría vender.

La mejor


G18 Zeon lomo

 

Cuando le conocí tenía el pelo largo, liso y castaño como sus ojos, grandes y de largas pestañas, un tatuaje, un piercing y cara de lobo, como a mí me gustan. De andar balanceante y mirada caída. Se consideraba el chico malo del barrio, apasionado por las motos, solo por una, la suya. La mejor. Siempre en moto a todas partes, en aquella moto roja, siempre brillante y que parecía desafiar a todo cuando pasaba por el mismo lugar una y otra vez. Ese lugar. Rojo, como su moto.

Apasionado por los perros, solo por uno, Luca. El mejor. Por sus amigos, solo por Ángel. El mejor, esté donde esté.

Siempre piensa en Ángel cuando va en moto, siempre piensa en Ángel cuando pasa una y otra vez por ese lugar. Siempre se atormenta porque no lo pudo salvar. Siempre está su imagen rota cuando cierra los ojos. Siempre en ese lugar.

Y apasionado por una chica, solo por una, la suya, la única, la mejor. Nueve de abril, un buen día para hacer el amor, ¿un buen día para morir? Desde su habitación, ve el lugar por el que pasa una y otra vez con la moto. Ese lugar. Esa maldita curva donde Ángel y él siempre competían. Aquella curva. Desde su habitación. Cuando está con ella, con su chica, con la mejor, parece que el dolor y la culpa se encogen, se arrugan, se adormecen. Puede hablarle de Ángel como si aún estuviera vivo. Puede hablarle de lo ocurrido como si no hubiera ocurrido y solo fuera un mal sueño. Un mal sueño. Cuando se despierta junto a ella, la mejor, durante un instante, siente que no ha ocurrido, que Ángel se está despertando también, un par de manzanas más abajo, que puede venir a buscarle en cualquier momento, que saldrán otra vez, juntos, en moto. Pero enseguida se desvanece esa sensación y la verdad le golpea y le devuelve a la realidad.

En esos momentos, solo le quedan las pastillas, la coca, cualquier cosa que le haga repetir ese instante hasta convertirlo en eterno. Ya no hay dolor, ni culpa, se desvanecen en medio de esa nube. Desaparecen. Y sin apenas darse cuenta, ella, su chica, la mejor, también desaparece. No importa, no la necesita, las tiene a ellas y nunca le abandonarán. Ni aquella curva, aquella maldita curva donde siempre competían y por la que hoy vuelve a pasar, esa curva que hoy se vuelve roja de nuevo y se confunde con la moto, que ya no es tan brillante ni parece desafiar a nadie.

Nueve de abril, después de todo puede que sí sea un buen día para morir. Porque no pudo salvar a Ángel, al mejor, igual que ella, su chica, la mejor, no le ha podido salvar a él. Y ahora ella es la que pasea a Luca por esa curva, ahora es ella la que se atormenta y la que ve su imagen rota cuando cierra los ojos, la que decidió huir cuando intentó compartir con ella todas las cosas, las grandes cosas y también las otras. Porque sintió deseos de correr cuando él dijo te quiero y lo hizo. Una chica, su chica, la única, la mejor.

Los lados del espejo


viernescreaativo

Reveca toca el piano,

en su lado del espejo, y,

de cuando en cuando,

se vuelve a mirar,

porque sabe que él la observa desde el suyo.

 

(Viernes creativo: El bic naranja)

Donde acaba el mundo


 

espejos

Allí donde parece que se acaba el mundo, justo donde la línea del horizonte se convierte en un gran espejo en el que se refleja otro universo, Rebeca dibuja de memoria, mientras espera a que él se asome a su lado del espejo y la vea reflejada.

El fin del mundo (IV)


Puede que el mundo también acabe ahí, que me tropiece con el fin del mundo al doblar una esquina, así, sin más, sin avisar, tal vez sólo para que el que me contó la historia de lo que es y no finito deje de reír, porque soy de letras, y por imaginarme dándole el culo al fin del mundo; y para que la tarta de cumpleaños termine de cocinarse dentro del horno. Supongo que por eso he salido a verlo.

El fin del mundo (III)


He tachado unas cuantas cosas de la lista de cosas por hacer y he añadido unas cuantas más, esta mañana, antes de meter la tarta de cumpleaños en el horno. Supongo que no dará tiempo a hacer todo lo que está anotado, pero no importa, sigo anotando cosas y por eso salgo a ver el fin del mundo, para saber por donde va. Y como camino en dirección contraria al resto de la gente, intento encontrar algún lugar desde donde ver la línea del horizonte y así poder entender la historia que me contaron, la de lo que es y no finito. Pero parece que la línea del horizonte empieza y acaba en el próximo semáforo, junto a los edificios.