Pico rojo (II)


Se sienta en el suelo con las piernas cruzadas, frente a una lápida, coloca encima de esta las cuatro rosas, la foto y una botella de Four Roses y dos vasos que saca de la mochila. Los llena y, tras hacer un gesto de brindis, se bebe uno y vierte el contenido del otro sobre la lápida. Mientras, el pájaro que parecía un cuervo se ha posado en la lápida, la mujer del vestido color verano, mira su pico rojo y ya no necesita pintarse una sonrisa cereza en su boca.

Anuncios

Pico rojo (I)


La mujer del vestido color verano camina por la Avenida de Felipe II, se detiene un momento en la parada del autobús que va al cementerio, y camina de nuevo: pie derecho rodeado por dos tiras de cuero sobre baldosa moteada de excremento de paloma, pie izquierdo y otras dos tiras. Hoy ha cambiado sus vaqueros y camiseta por un vestido, sin mangas y escote en uve, color verano, sus botas por sandalias, el bolso por una mochila de cuero, se ha quitado la coleta y se ha pintado una sonrisa de cereza en la boca. Cuatro niños y tres niñas corren y gritan por la avenida, las niñas persiguen a los niños, les alcanzan y ríen, ahora ellos son los que persiguen. Un pájaro, que parece un cuervo, revolotea entre ellos.

Nadie (III)


No hay nadie que llame para decirme, «estoy cruzando un campo de amapolas». Y he guardado el aguafuerte del árbol que estiraba sus ramas desnudas hacia el cielo, porque seguía torcido en la pared de la habitación y ahora nadie va a ponerlo derecho.

Si no existo


Si no existo tal vez es porque no estás; porque no estoy, no escribo, no pinto, ni leo ni hago música, no salgo, no respondo al teléfono ni al email, porque no existo. Me encierro en casa y me protejo con la manta y el gato, en el sofá, en la cama, en la casa del árbol, en el baño o en el armario, debajo de la escalera. Quiero desparecer, porque no existo, apago el portátil, el móvil, desconecto el fijo. No existo porque no estoy. Porque no estás. Tal vez.

Pequeña (y III)


Los padres de la niña vuelven del hospital sin la abuela. Es de noche, se han encendido las farolas y la niña se ha quedado dormida acunada por el sonido como de campanillas. Cuando la madre entra en la habitación de la niña, para arroparla, el viento hace rato que ha parado y la sombra del árbol que hay en el jardín cubre la casa.

Pequeña (II)


El árbol es muy alto y muy viejo y a la niña le han contado que lo plantaron cuando nació la abuela. Si el viento agita las ramas, a la niña el árbol le da un poco de miedo, porque golpean la ventana y parecen querer atraparla. Pero hoy no, hoy no le da miedo, porque como han tenido que llevar a la abuela al hospital, al árbol todavía no le han quitado los adornos y cuando el viento agita las ramas las bombillas tintinean y a la niña ya no le da miedo, porque le gusta ese sonido a Navidad.

Pequeña


La niña no va al hospital porque es pequeña, y se pregunta quién irá a verla a ella al hospital cuando sea vieja, como la abuela, mientras, las ramas del árbol que hay en el jardín se arquean y retuercen hasta casi tocar la ventana por la que mira la niña.