La niña que no puede dejar de pensar


La niña que no puede dejar de pensar piensa tanto que no deja espacio para nadie más, solo hay espacio para lo que piensa.

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Calabazas


… Mi móvil vibra de nuevo. Los niños han dejado de perseguir sombras, porque ya es un poco tarde, pero solo para ellos. Aunque puede que también para mí. Ya son más de las doce y media y no quiero mirarme en el espejo por si ya me he convertido en calabaza. ¿La carroza aún me espera en el Burguer de Antón Martín? De nuevo alguien me cuela en el baño y me escabullo hacia la entrada, atravieso la fiesta del pasillo interminable, sin despedirme, y prendo la luz de la escalera antes de volver a hacer crujir la madera de los escalones. Cuidado no pierdas el zapato de cristal. No hay problema, llevo botas, así que corro hacia la carroza. Me miro en el escaparate de una tienda de pelucas: sigo siendo yo, pero la carroza se ha convertido en una Kangoo blanca con publicidad de una tienda de alfombras persas.