Opérculo


Cada madrugada, cuando te veía salir de mi cama, desnuda, para marcharte en silencio, colocaba un caracol en mi espalda y me dormía como si siguieras allí.

(Viernes creativo: El bic naranja)

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Sin volverme a mirar


OjoNada falla en el amanecer, todo es perfecto:  las nubes se desgarran en diferentes colores y el cielo pasa del negro al azul, primero, un azul en el que poco a poco predomina el naranja, hasta que el naranja lo envuelve todo y el azul se aclara y ya está. Aunque antes de bajarme del coche me diga que podría darme su número, pero yo no soy de esas, no va a pedirme que llame. Si un cuervo con el pico rojo me mira de reojo mientras decido si  abandonar una pila usada a su suerte: en una papelera, clavada en la tierra junto a un árbol, en el parque, en uno de los columpios o, tal vez, dentro de un camión de juguete que alguien también ha abandonado allí; Janis Joplin insiste en susurrarme al oído que cambiaría todos sus mañanas por un solo ayer, mientras llueve y los últimos días del verano, se alargan, se escabullen, se esconden y consiguen quedarse hasta el siguiente verano; y me encuentro con mi adolescencia dentro de una caja de zapatos, donde todo era más fácil cuando alguien me mira en un vagón de metro y yo también le miro, sin saber muy bien quién ha mirado primero, mientras, el hombre al que le falta una pierna recorre el vagón y nadie le mira. Y tal vez el que me mira es el mismo que monta en bici por el pasillo de su casa londinense, con zapatillas John Smith con la etiqueta puesta, para que todo el mundo sepa que son nuevas. No, el amanecer nunca falla, aunque me baje del coche y entre en el portal, sin volverme a mirar.

Lugares (VI)


«Podría darte mi número y pedirte que me llamaras ―me dice antes de bajarse del coche―, pero no soy de esas». Y se baja del coche y entra en el portal, sin volverse a mirar.

Paisajes imposibles (II)


CIMG0953Alguien me mira en el anden y yo también le miro; aunque puede que yo le haya mirado primero y por eso él me mire ahora. Dentro del vagón, leo el correo en el móvil mientras seguimos mirándonos de reojo y, a veces, no tan de reojo porque me permito mirarlo de frente, entre mensaje y mensaje; las estaciones se hacen eternas. Todo parecía mucho más fácil en la adolescencia, la misma que sigue en una caja de zapatos en el armario de mi habitación,  en casa de mis padres. Se baja una estación antes que yo y nos miramos sin tapujos, durante ese momento, que hoy parece eterno, entre el anuncio de la siguiente estación y la llegada al andén. Nos miramos a los ojos, por primera vez, y nos sonreímos. Las puertas del tren se abren, sale, las puertas se cierran, y me mira desde el andén mientras el tren se aleja.

Paisajes imposibles (I)


CIMG0651Me encuentro con mi adolescencia dentro de una caja de zapatos, en el fondo del armario. Una foto con Esmeralda en aquella fiesta de Nochevieja, en el primer año de Ciencias Políticas, cuando nos conocimos. Lleva el pelo largo, casi hasta la cintura, me mira con esos ojos negros, enormes, y sonríe. Y yo también sonrío al reconocerme a su lado con el flequillo hasta la barbilla, aclarado el castaño con agua oxigenada, y con la cazadora de cuero fucsia que me trajo Carlos de Londres…

Inventos


El amor es algo que he inventado esta noche para ti, demasiado para una sola noche.

No me importa mañana, pero eso es algo que has inventado tú.

El pasillo que hace de portal


Se despide con un cuidate, después del último beso, mientras intento que Marte no se escape y lo veo alejarse por el pasillo que hace de portal. Y Reveca, o yo, o ambas, se despide con un tú también, mientras lo ve alejarse por el pasillo que hace de portal e intenta que Marte no se escape.