Donde acaba el mundo


 

espejos

Allí donde parece que se acaba el mundo, justo donde la línea del horizonte se convierte en un gran espejo en el que se refleja otro universo, Rebeca dibuja de memoria, mientras espera a que él se asome a su lado del espejo y la vea reflejada.

El fin del mundo (IV)


Puede que el mundo también acabe ahí, que me tropiece con el fin del mundo al doblar una esquina, así, sin más, sin avisar, tal vez sólo para que el que me contó la historia de lo que es y no finito deje de reír, porque soy de letras, y por imaginarme dándole el culo al fin del mundo; y para que la tarta de cumpleaños termine de cocinarse dentro del horno. Supongo que por eso he salido a verlo.

El fin del mundo (III)


He tachado unas cuantas cosas de la lista de cosas por hacer y he añadido unas cuantas más, esta mañana, antes de meter la tarta de cumpleaños en el horno. Supongo que no dará tiempo a hacer todo lo que está anotado, pero no importa, sigo anotando cosas y por eso salgo a ver el fin del mundo, para saber por donde va. Y como camino en dirección contraria al resto de la gente, intento encontrar algún lugar desde donde ver la línea del horizonte y así poder entender la historia que me contaron, la de lo que es y no finito. Pero parece que la línea del horizonte empieza y acaba en el próximo semáforo, junto a los edificios.

El fin del mundo (II)


Camino en dirección contraria al resto de la gente y pienso que, tal vez, el fin del mundo se vea del otro lado. alguien, el mismo que me dijo que no podía ver el fin del mundo, se ríe y dice que como mucho voy a darle el culo al fin del mundo y vuelve a repetir la historia de las cosas finitas e infinitas y la línea del horizonte. Por eso pienso que puede que el fin del mundo esté del otro lado. Pero la gente con la que me cruzo, la que va en dirección contraria, no parece saber nada del fin del mundo.

El fin del mundo (I)


Dejo una tarta de cumpleaños cocinándose en el horno y salgo a ver el fin del mundo. Sólo por verlo. Alguien me dijo que no podría ver el fin del mundo y me contó una historia acerca de la línea del horizonte y de lo que era y no infinito. Una historia que no entendí, soy de letras, pero tampoco pregunté. Por eso he salido a verlo, mientras la tarta de cumpleaños se cocina en el horno.

Mirando el fin del mundo


Parque del Retiro, Palacio de Cristal. ¿Sabes la cueva que hay con vistas al estanque, esa desde la que se ven los dos cisnes? Aquí estoy, con mi espalda apoyada en su pecho, mientras él se apoya en la roca. Me abraza y su pelo roza mi mejilla. Sé que no quiero que se acabe, pero estoy tranquila, serena, y no quiero despedirme. Hace frío, un golpe de viento nos trae las últimas hojas amarillas de los árboles, las deja a nuestros pies, como un legado del otoño. Los cisnes se han escondido. Siento su beso en mi cuello, un beso que podría no ser o ser de otro, pero que es de él. Y si cada noche con él es como si fuera la última, esta sí es la última. ¿Nunca te has preguntado qué hago aquí? La misma pregunta una y otra vez, ¿qué hago aquí?, pero, sobre todo, qué hago aquí con él, cuando podría estar con otro, o podría estar sola, o podría incluso no estar, y, una vez más, tengo ganas de irme, pero ¿adónde? De repente, no me importa que no sea el mejor, es el que está y solo importa eso, que está aquí. Solo eso. Y sé que no va a dar ni a pedir explicaciones, que no va a lamentarse. ¿Qué que hago aquí? Ahora lo sé, estoy con él, mirando el fin del mundo. Y si esta es la última noche del mundo voy a besarle hasta que se acabe.