Nadie (III)


No hay nadie que llame para decirme, «estoy cruzando un campo de amapolas». Y he guardado el aguafuerte del árbol que estiraba sus ramas desnudas hacia el cielo, porque seguía torcido en la pared de la habitación y ahora nadie va a ponerlo derecho.

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Nadie (II)


Ahora no hay nadie que me pida que le cuente un cuento a media noche, antes de quedarse dormido abrazado a la almohada. No hay nadie que me traiga el desayuno a la cama, porque la nevera está vacía, tan vacía como la cama.