Donde acaba el mundo


 

espejos

Allí donde parece que se acaba el mundo, justo donde la línea del horizonte se convierte en un gran espejo en el que se refleja otro universo, Rebeca dibuja de memoria, mientras espera a que él se asome a su lado del espejo y la vea reflejada.

Nuestros mismos ojos


CIMG1594Un desconocido te abraza en una foto, aunque ya no es tan desconocido, habéis tomado unas cervezas juntos y le has leído el futuro en lo que queda de una de esas cervezas: hay dos chicas en su vida, una morena difuminada y discreta, una buena chica, y una rubia, brillante, como una estrella. Mucho más tarde, te cruzas con la mirada de una chica morena en un vagón de metro. Lleva un bolso de Desigual que es igual que el tuyo. Y te preguntas si será ella la buena chica.

Sin volverme a mirar


OjoNada falla en el amanecer, todo es perfecto:  las nubes se desgarran en diferentes colores y el cielo pasa del negro al azul, primero, un azul en el que poco a poco predomina el naranja, hasta que el naranja lo envuelve todo y el azul se aclara y ya está. Aunque antes de bajarme del coche me diga que podría darme su número, pero yo no soy de esas, no va a pedirme que llame. Si un cuervo con el pico rojo me mira de reojo mientras decido si  abandonar una pila usada a su suerte: en una papelera, clavada en la tierra junto a un árbol, en el parque, en uno de los columpios o, tal vez, dentro de un camión de juguete que alguien también ha abandonado allí; Janis Joplin insiste en susurrarme al oído que cambiaría todos sus mañanas por un solo ayer, mientras llueve y los últimos días del verano, se alargan, se escabullen, se esconden y consiguen quedarse hasta el siguiente verano; y me encuentro con mi adolescencia dentro de una caja de zapatos, donde todo era más fácil cuando alguien me mira en un vagón de metro y yo también le miro, sin saber muy bien quién ha mirado primero, mientras, el hombre al que le falta una pierna recorre el vagón y nadie le mira. Y tal vez el que me mira es el mismo que monta en bici por el pasillo de su casa londinense, con zapatillas John Smith con la etiqueta puesta, para que todo el mundo sepa que son nuevas. No, el amanecer nunca falla, aunque me baje del coche y entre en el portal, sin volverme a mirar.

Capacidad de síntesis


Foto de la entrada

… Y Teresa imagina a José, yendo a trabajar con traje, pero con zapatillas John Smith iguales a las que llevaba la primera vez que lo vio, con la etiqueta puesta, para que todo el mundo sepa que son nuevas, y montando en bici por el pasillo de su casa londinense, en una bici a la que ha puesto una cesta trasportín en la que piensa colocar a su hijo.

Todos mis ayeres


20130413_133809Llueve cuando voy a buscar al chico rubio a la salida de su clase de alemán y Janis Joplin me dice al oído que cambiaría todos sus mañanas por un solo ayer. La lluvia limpia todos mis ayeres y algún que otro de mis mañanas de camino a la universidad. Es mayo, aunque llueva, así que me mojo mientras le digo a Janis que yo nunca cambiaré mis mañanas por un solo ayer. Ni por muchos ayeres. Nunca.

Abandonos


Estoy tentada de abandonar la pila usada a su suerte: en una papelera, clavada en la tierra junto a un árbol, en el parque, en uno de los columpios o, tal vez, dentro de un camión de juguete que alguien también ha abandonado allí. Abandonarla porque me importa una mierda el planeta, porque me recuerda a la novia de mi primer novio, la que recogía pilas usadas por la universidad y que consiguió que me dejara por ella, aunque, bueno, yo ya tenía un amante para cuando me dejó. Así que no abandono la pila usada a su suerte, la guardo en mi bolso y entro en el metro, mientras pienso en si los hijos de mi primer novio y de mi amante también abandonarán camiones de juguete junto a los columpios.

Mirando el fin del mundo


Parque del Retiro, Palacio de Cristal. ¿Sabes la cueva que hay con vistas al estanque, esa desde la que se ven los dos cisnes? Aquí estoy, con mi espalda apoyada en su pecho, mientras él se apoya en la roca. Me abraza y su pelo roza mi mejilla. Sé que no quiero que se acabe, pero estoy tranquila, serena, y no quiero despedirme. Hace frío, un golpe de viento nos trae las últimas hojas amarillas de los árboles, las deja a nuestros pies, como un legado del otoño. Los cisnes se han escondido. Siento su beso en mi cuello, un beso que podría no ser o ser de otro, pero que es de él. Y si cada noche con él es como si fuera la última, esta sí es la última. ¿Nunca te has preguntado qué hago aquí? La misma pregunta una y otra vez, ¿qué hago aquí?, pero, sobre todo, qué hago aquí con él, cuando podría estar con otro, o podría estar sola, o podría incluso no estar, y, una vez más, tengo ganas de irme, pero ¿adónde? De repente, no me importa que no sea el mejor, es el que está y solo importa eso, que está aquí. Solo eso. Y sé que no va a dar ni a pedir explicaciones, que no va a lamentarse. ¿Qué que hago aquí? Ahora lo sé, estoy con él, mirando el fin del mundo. Y si esta es la última noche del mundo voy a besarle hasta que se acabe.