Sin volverme a mirar


OjoNada falla en el amanecer, todo es perfecto:  las nubes se desgarran en diferentes colores y el cielo pasa del negro al azul, primero, un azul en el que poco a poco predomina el naranja, hasta que el naranja lo envuelve todo y el azul se aclara y ya está. Aunque antes de bajarme del coche me diga que podría darme su número, pero yo no soy de esas, no va a pedirme que llame. Si un cuervo con el pico rojo me mira de reojo mientras decido si  abandonar una pila usada a su suerte: en una papelera, clavada en la tierra junto a un árbol, en el parque, en uno de los columpios o, tal vez, dentro de un camión de juguete que alguien también ha abandonado allí; Janis Joplin insiste en susurrarme al oído que cambiaría todos sus mañanas por un solo ayer, mientras llueve y los últimos días del verano, se alargan, se escabullen, se esconden y consiguen quedarse hasta el siguiente verano; y me encuentro con mi adolescencia dentro de una caja de zapatos, donde todo era más fácil cuando alguien me mira en un vagón de metro y yo también le miro, sin saber muy bien quién ha mirado primero, mientras, el hombre al que le falta una pierna recorre el vagón y nadie le mira. Y tal vez el que me mira es el mismo que monta en bici por el pasillo de su casa londinense, con zapatillas John Smith con la etiqueta puesta, para que todo el mundo sepa que son nuevas. No, el amanecer nunca falla, aunque me baje del coche y entre en el portal, sin volverme a mirar.

Pico rojo (II)


Se sienta en el suelo con las piernas cruzadas, frente a una lápida, coloca encima de esta las cuatro rosas, la foto y una botella de Four Roses y dos vasos que saca de la mochila. Los llena y, tras hacer un gesto de brindis, se bebe uno y vierte el contenido del otro sobre la lápida. Mientras, el pájaro que parecía un cuervo se ha posado en la lápida, la mujer del vestido color verano, mira su pico rojo y ya no necesita pintarse una sonrisa cereza en su boca.

Pico rojo (I)


La mujer del vestido color verano camina por la Avenida de Felipe II, se detiene un momento en la parada del autobús que va al cementerio, y camina de nuevo: pie derecho rodeado por dos tiras de cuero sobre baldosa moteada de excremento de paloma, pie izquierdo y otras dos tiras. Hoy ha cambiado sus vaqueros y camiseta por un vestido, sin mangas y escote en uve, color verano, sus botas por sandalias, el bolso por una mochila de cuero, se ha quitado la coleta y se ha pintado una sonrisa de cereza en la boca. Cuatro niños y tres niñas corren y gritan por la avenida, las niñas persiguen a los niños, les alcanzan y ríen, ahora ellos son los que persiguen. Un pájaro, que parece un cuervo, revolotea entre ellos.

Azul Kadett


Kadett deportivo, azul índigo. Color azul índigo Kadett deportivo con asientos de cuero negro. Azul índigo columpio de parque y coche de policía. Rotulador de tinta indeleble azul índigo o teléfono público. Azul índigo ojos de Carlos y restaurante japonés. Azul vestido de Lola.

El pacto


Al diablo, por si le puede interesar, se ofrece sexo a cambio de juventud eterna. Y es que el diablo está harto de que siempre le ofrezcan almas.

El año del Dragón


Alguien brinda por el año del Dragón, la sombra de un gato me roza la espalda, se escabulle entre una campanada y otra, persigue los fuegos artificiales que, a veces, se cuelan por la ventana; los globos rosas y blancos explotan antes que los rojos y los azules y, por un momento, es como si estuviera en una fiesta parecida, ¿habrá una rana en el baño? No, se la ha comido la sombra del gato.

Gris, granate, azul…


Azul índigo noche de verano en vez de gris plomo. Granate Megane, lengua de Lola. Azul índigo y asientos de cuero negro en lugar de gris R19 de puertas traseras abolladas.
Gris R19, granate Megane, azul índigo Kadett deportivo de asientos de cuero negro, después de todo, a Lola, para echar un polvo con Carlos en el asiento trasero le da igual el color del coche.