Hasta el siguiente verano


20130303_130808Fuera nos esperaban los últimos días del verano, esos que se alargan, se escabullen, se esconden y consiguen quedarse hasta el siguiente verano; esos días, como cada año, no quieren irse, y se aferran a los trenes, a las sillas de esa terraza del paseo marítimo, a la planta cuarenta y dos de la torre Espacio, a la barandilla de la piscina, al lago del Palacio de Cristal. Ayer, cuando empezó a llover, encontré a uno agarrado a uno de mis rizos, mientras otro se escurría dentro de una de mis botas, le noté acurrucarse en el calcetín, junto al dedo meñique del pie derecho, a esperar a que llegue de nuevo el verano.

Cobertura


A veces se pone triste, pero se le pasa; no quiere salir, pero lo hace, quiere conocer a alguien, pero no lo hace; revisa su agenda y envía mensajes sin sentido a alguien al que, en realidad, no quiere ver; las mujeres tampoco aman a los hombres, a veces; el móvil es más sabio que ella y se queda sin cobertura en el momento adecuado, aunque la cobertura volverá y, en realidad, solo hay uno al que quiere enviar un mensaje…

Huellas


Hay un momento, cuando caminas por la playa, junto a la orilla, justo ahí donde tus pisadas se marcan en la arena durante unos segundos, hasta que llega la siguiente ola, en el que te das cuenta de que ya has pasado por allí; es otra playa, otro verano, pero es como si fuera la misma arena, y las mismas huellas.

Coincide con el instante en el que puedes volver a escuchar esa canción. Después de tanto tiempo de pasar a la siguiente, con rapidez, cuando suena en el iPod, o de salir a fumar cuando la ponen en un bar; la escuchas y nada, no ocurre nada fuera de lo normal; la cantas, incluso; sonríes, y piensas en la primera vez que la escuchaste, en por qué te gusta, a quién te recuerda, y resulta que la primera vez no fue en aquella playa del sur, fue mucho antes.

Y te das cuenta, una vez más, que ha tardado algo más de unos segundos, pero ha llegado la siguiente ola.

 

Pasteles de barro


Hormigas con alas y vuelvo a estar en el parque amasando pasteles de barro, después de una tormenta en las tardes de verano…

Un juego de chicos


Todos duermen la siesta excepto el hombre que fuma puros y la mujer de la cámara de fotos. Y yo, que observo y escribo lo que me sugieren las gentes y las cosas. Un perro enorme toma el sol tumbado en la plaza. A ratos pasea, perezoso, bajo los soportales. La mañana amaneció con lluvia. Es un mastín. Dos adolescentes discuten con su padre. Su madre no habla. Están aburridos de no hacer nada en este pueblo y quieren regresar. Tres chicos juegan a un fútbol raro y mantienen al margen a una chica que quiere jugar. Sigue siendo un juego de chicos. Janis Joplin me canta al oído mientras dos niños, niño y niña, juegan a mi lado y me miran…

El último día del verano


El último día del verano camina, un año más, pegado a la pared, perezoso. Mira hacia atrás de vez en cuando, no quiere distraerse con nada, está concentrado en estirar las horas y durar, todavía, un poquito más… Ayer aún quedaban cinco. Los últimos cinco días del verano, caminando en grupo…

Siempre es el último día de verano


J. D., teñido de rubio, se pasea por una playa californiana; un gato trae a un antiguo amigo y una barbie, también rubia, pregunta si están bien, si son felices. «Estamos bien», contesa J. D., justo antes de besar a la barbie, que ha empezado a sangrar por la nariz; después saluda a su amigo, y al gato, con un abrazo.